La tiroides es una glándula ubicada en la región anterior del cuello. Esta glándula produce dos hormonas: principalmente tiroxina (T4) y en menor medida triiodotironina (T3) que regulan la utilización de energía en el cuerpo. Su función es a su vez regulada por otra glándula que se encuentra justo debajo del cerebro conocida como hipófisis. La hipófisis libera la hormona estimulante de tiroides, conocida como TSH, por sus siglas en inglés (thyroid stimulating hormone).
El nódulo tiroideo es un área redondeada dentro de la glándula tiroides. Es frecuente en adultos, estimándose que el 6.4% de las mujeres y el 1.5% de los hombres presentan nódulos tiroideos clínicamente evidentes. Este porcentaje puede aumentar hasta el 30 al 50% (según diferentes estudios) con el uso de la ecografía, siendo más frecuentes a edades más avanzadas.
La mayoría de los pacientes que tienen nódulos tiroideos no presentan sintomatología. Suelen ser diagnosticados durante el examen físico, o como hallazgo incidental en estudios por imágenes de la región cervical realizados por otros motivos (ecodoppler de vasos del cuello, tomografías computadas, resonancias magnéticas nucleares, etc.). Cuando son de gran tamaño puede observarse una masa en el cuello, asociada a dificultad para tragar, o cambios en la voz. También se pueden presentar síntomas asociados al aumento de la producción de hormonas tiroideas, como aumento de la frecuencia cardíaca, insomnio, cambios de humor, pérdida de peso involuntario, diarrea o aumento del número de deposiciones diarias.
El principal desafío médico es reconocer la minoría de nódulos que generan un riesgo para la salud, y diferenciarlos de la mayoría de los nódulos que no se asocian a ningún riesgo. Se debe descartar que se trate de un cáncer de tiroides, lo que ocurre en un 5 a 15% de los nódulos tiroideos. Su incidencia depende de la edad, sexo, antecedentes de radioterapia de cuello e historia familiar. También debe evaluarse si se trata de un nódulo funcionante, es decir que produzca exceso de hormona tiroidea. Para esto, los estudios realizados ante el diagnóstico suelen incluir un análisis de sangre y ecografía tiroidea. Existen otros métodos de diagnóstico que proveen información sobre los nódulos tiroideos, incluyendo la punción aspiración con aguja fina (PAAF) y el centellograma tiroideo.
A través de la PAAF se remueve una pequeña cantidad de tejido nodular para ser estudiado bajo el microscopio. Solo deben ser punzados aquellos nódulos que el médico considere necesario, ya sea por su tamaño o por sus características clínicas y/o ecográficas. Los resultados de este estudio ayudan a decidir que nódulos deben ser removidos quirúrgicamente y en qué casos se tomará una conducta expectante y sólo observación.
El centellograma tiroideo debe ser realizado si se comprueba aumento de la función tiroidea en el análisis de sangre, ya que permite definir si se trata de un nódulo funcionante. Para su realización se administran sustancias radioactivas ya sea por vía oral o endovenosa. Este estudio no es seguro en mujeres embarazadas o amamantando.
¿Cómo se tratan los nódulos tiroideos?
Existen distintos tratamientos, dependiendo de la causa y de los niveles de hormonas tiroideas en sangre.
- Observación: generalmente en el caso de nódulos pequeños, los cuales son seguidos con ecografía para detectar aumentos de tamaño o necesidad de tratamiento futuro.
- Yodo Radioactivo (I131): El I131 puede destruir la glándula. Es utilizado para el tratamiento de nódulos que producen exceso de hormona tiroidea. No es seguro en mujeres embarazadas ni amamantando.
- Cirugía: en el caso de que se indique remover el nódulo
Conclusiones
No es necesario realizar ecografías de tiroides de rutina como parte del chequeo de salud general. Esta debe ser realizada según criterio médico, teniendo en cuenta los antecedentes personales y las características clínicas de cada persona. Ante el diagnóstico de un nódulo tiroideo siempre debe ser evaluado por su médico de cabecera.
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